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"De 1834 a 1841, a pesar de la guerra carlista, España dio un paso decisivo hacia la economía de mercado. Paralelamente surgió en Cataluña una nueva generación de industriales decidida a aprovechar la ocasión propicia. Un despliegue cada día más nutrido de algodoneros se dispone a la conquista del consumo español. Contando con unas instalaciones que ahora se modernizan rápidamente, la joven promoción de fabricantes saca provecho del proteccionismo - a veces prohibicionismo puro y simple - que ha sabido imponer desde Madrid. Los avances son espectaculares: 8.387 toneladas de algodón en rama importadas en 1840, 15.271 en 1850, 21.207 en 1860. Esta última cifra, que es 6,2 veces superior a la de 1834, ya sitúa la fabricación algodonera catalana en un lugar importante dentro de Europa, por delante de los correspondientes a Bélgica e Italia, por ejemplo. El éxito se debe tanto a un proceso de sustitución de importaciones (descenso de los artículos ingleses y franceses) como a la sumisión del resto del textil español, sobre todo del lino. (...) De 1861 a 1913 la industria sigue su marcha ascendente, aunque a un ritmo no tan vivo".


Jordi Nadal: "Moler, tejer y fundir. Estudios de historia industrial". Barcelona, Ariel, 1992


Revolución Industrial en España
Fábrica Textil siglo XIX


CLASIFICACIÓN: El texto que se nos presenta se podría clasificar como una fuente secundaria, ya que interpreta los hechos bastante tiempo después de que sucedieran y de carácter historiográfico, ya que trata de interpretar los hechos, es de carácter público y su autor es Jordi Nadal, economista e historiador considerado una autoridad en lo que se refiere al proceso de industrialización en España durante el siglo XIX.

ANÁLISIS: La idea principal del texto, es el ascenso de la industria textil catalana, gracias a una nueva generación de empresarios, y sobre todo a una política arancelaria proteccionista que permite su gestación y desarrollo.

El autor sitúa el despegue de la industria textil catalana entre los años 1834 y 1841, durante la regencia de María Cristina y en plena Guerra Carlista. Es precisamente durante estos años cuando se consolida el Estado Liberal, con la Desamortización de Mendizábal de 1836 y la Constitución de 1837 se pone fin definitivamente el Antiguo Régimen en el Estado Español. La consolidación del estado liberal, trajo consigo, inevitablemente el capitalismo y la "economía de mercado", así, tras la desaparición de la legislación gremial, un nuevo grupo de burgueses catalanas, muchos de ellos enriquecidos con dinero indiano comenzaron a invertir en la industria textil. La industria textil era la más adecuada ya que podía aprovechar nuevas fuentes de energía como la hidraúlica, y además había una tecnología desarrollada con máquinas como las selfactinas. Estas inversiones pronto dieron sus frutos. 

Sin embargo, el vertiginoso crecimiento que se muestra en las cifras citadas en el texto entre 1840 y 1860 para Jordi Nadal deriva de un hecho exógeno a la propia industria, y lo atribuye a una política arancelaria que protegía a la industria textil catalana. En un primer término, la política arancelaria da lugar a lo que Jordi Nadal denomina como "política de sustitución de importaciones", porque impide la importación de productos textiles ingleses y franceses, y también la porque el resto de industrias textiles de carácter más tradicional como el lino gallego o la lana castellana, no fueron capaces de competir con el textil algodonero catalán.

A partir de 1860 el sector textil catalán continuó creciendo hasta 1913, debido a numerosas crisis, su crecimiento fue mucho más lento, pero siempre amparado por una política arancelaria proteccionista.

COMENTARIO: Jordi Nadal, titula una de sus obras "El fracaso de la Revolución Industrial en España", porque a pesar del éxito de la industria textil catalana o la industria siderúrgica vasca, el balance general del proceso de industrialización en la España el XIX es negativo. Son muchas las causas de este fracaso, pero sin duda una de ellas es la política arancelaria firmemente proteccionista que impide el desarrollo de una industria competitiva.

Aún en el caso de industrias exitosas, como la industria textil catalana, es cierto, que el proteccionismo impide que el tejido empresarial, normalmente de empresas pequeñas, se transforme, se modernice tecnológicamente y se reconvierta en empresas más grandes que puedan competir en Europa con la industria algodonera inglesa o la francesa. Esto se puede extrapolar a otros sectores productivos como el cerealista, que hubiese permitido que la entrada de cereal del Este de Europa hubiese reconvertido los cultivos a otros de regadío como los hortofrutícolas o de secano como los vitivinícolas.

Jordi Nadal observa como positivo otros sectores como el ferroviario donde se concedieron franquicias para la importación de materiales y la construcción del ferrocarril, que permitió la llegada de tecnología y la inversión de capital extranjero. 

Tampoco faltan opiniones en contra de Jordi Nadal, como la de Gabriel Tortella, como la de Juan María Vilar o Gómez Mendoza que ven en la política arancelaria algo positivo, porque permitió una mayor estabilidad social, ya que resulta imposible conocer que consecuencias hubiese tenido la llegada de trigo del Este europeo sobre la masa social de jornaleros o la llegada de competencia extranjera sobre los proletarios catalanes. 

CONCLUSIONES: En cualquier caso podemos afirmar, tal como indica Jordi Nadal, que la Revolución Industrial en el siglo XIX fue un fracaso a excepción de ciertas regiones y ciertos sectores, como la siderurgia vasca, la textil catalána, el sector hortofrutícola o el sector vitivinícola. Los historiadores encuentran múltiples causas, como las altas tasas de analfabetismo, la falta de recursos energéticos, el mantenimiento de un sistema monetario bimetalista mientras la gran mayoría de potencias adoptaron el patrón oro y como se refleja en este texto la adopción de un sistema arancelario proteccionista, que salvo momentos puntuales como el Arancel de 1841 o el Arancel Figuerola de 1869 protegieron a una industria, que si bien la mantuvo a salvo de la competencia extranjera impidió su desarrollo tecnológico o la adopción de mayores escalas que permitieran competir con industrias europeas. La economía española no volvería a repuntar hasta 1914 con la llegada de la Primera Guerra Mundial, en la que al no participar le permitió exportar bienes básicos a los países en conflicto, entregados a la industria militar.

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